Las lecturas presentan dos realidades que parecerían a simple vista irreconciliables. En primer lugar lo que cantamos en el salmo: «Dios salva al que cumple su voluntad»; y luego el Evangelio termina de una manera muy extraña: «Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
¿Qué une estos dos extremos?, ¿qué une a aquella persona que busca cumplir la voluntad del Señor, que obviamente esto lo hace porque busca la salvación, y por qué alguien que es un pecador, alguien que no sigue este camino de justicia, es llamado por Dios?
Y aquí está una experiencia humana fundamental, en medio, la experiencia de la necesidad, algo que es propio del ser humano. Desde que estamos en el vientre de nuestra madre estamos necesitados de todo, nuestra madre en el vientre nos provee de todo, alimento, oxígeno, todo lo que necesitamos ahí lo tenemos. Y el niño, cuando sale del vientre de la madre no cambia mucho, sigue experimentando la necesidad absoluta para poder existir.
Aquí tendríamos que preguntarnos: ¿experimentamos nosotros la necesidad de salvación? Aquí no nos fijemos si somos buenos o malos católicos, si venimos cada ocho días a Misa, si nos confesamos frecuentemente, si comulgamos en cada Misa que asistimos. No, eso será un paso después, primero hay que preguntarnos: ¿he sentido esa necesidad de salvación, una salvación que no me puedo dar yo, algo que no puedo conseguir con mis propias fuerzas y que solamente Dios me puede dar?
Y en esta experiencia de necesidad de salvación se encuentra también otra realidad que hoy nos es muy cercana gracias a estos jóvenes que han dicho “Sí” al Señor y como Mateo se han levantado cada uno de sus realidades, de ese lugar del cual provienen, de sus estudios, trabajos, ocupaciones, y han querido seguir al Maestro. Junto a esta realidad de la necesidad de salvación está la realidad de la vocación, porque aquellos que hemos experimentado este llamado sabemos que es una voz a la cual no podemos resistirnos, no podemos decirle: “No quiero”.
El día de ayer estábamos celebrando la Misa de clausura de curso y el padre rector estaba predicando en la homilía y recordaba la importancia que tuvo en él su mamá, y hoy también, imposible que no me evocara también mi vocación, ese llamado que experimenté. En mi caso, cuando fui al preseminario, me dio miedo y dije: “Mejor lo pienso bien. Mejor ya después de que termine la carrera lo pienso bien y entro al seminario, al cabo si Dios me llama me seguirá llamando”. Y cuando llego a casa lo primero que hago es saludar a mi mamá y me dice: “¿Qué pasó, hijo?”, y le digo: “Pues fíjate que lo pensé y mejor entraré después”. Y me cuestionó, de esas veces que no te lo imaginas, uno pensaría que te diga: “Ay, mijito, está bien, ya luego será…”, no. Me cuestiono que si estaba huyendo de la llamada del Señor, y me cayó como un balde de agua fría, no supe que responderle. Porque a esa llamada tan clara que había experimentado, no me atreví a responderle afirmativamente como Mateo, que lo hizo de manera inmediata. Por eso me tocó después ir a hablar con el rector de aquel entonces y bueno, tuvo misericordia de mí y me aceptó, gracias a Dios.
Pero, partimos de este hecho: No es Dios quien te necesita, eres tú quien necesita a Dios. Y por eso, muchachos, jóvenes seminaristas, jóvenes que también han experimentado ese llamado del Señor, como decía San Juan Pablo II: “No tengan miedo”, porque Él quiere salvarte, Él quiere salvarnos, Él quiere dar respuesta a esas necesidades, a todas ellas, que experimentamos en esta vida. Y por eso la respuesta de fe, como la respuesta de Abraham, es la única respuesta correcta.
Dios sigue llamando. A veces pensamos que hay una crisis de vocaciones, pero no hay crisis de vocaciones, hay crisis de respuestas, porque pensamos que podemos saciar nuestras necesidades, porque pensamos que podemos responder a nuestros problemas con a lo mejor trabajo honesto, con nuestras fuerzas, con nuestras ganas, y la verdad es que no, tenemos que responder con fe como Abraham.
En este momento de gran felicidad para ustedes y sus familias, les invito a que no dejen de responder con generosidad. Cada uno de nosotros vamos a ayudarles también. Sin duda que cuántas personas en nuestra Arquidiócesis y en lugares donde ni lo pensamos, ya lo vimos en Zacatecas, cuánta gente ora por nosotros para poder mantenernos seguros y firmes en esa respuesta. Tendrán siempre la compañía del pueblo de Dios, porque no es una respuesta aislada, en la soledad, sino, así como Abraham fue padre de muchos, también así Dios nos llama para ser parte de la comunidad, no para aislarnos, no para separarnos de los demás.
Por eso esos discípulos van a comer con los pecadores, por eso Jesús va y convive con los marginados, con los enfermos, con los despreciados, porque esta llamada es para que también aquellos que se sienten necesitados de Dios puedan encontrar la misericordia a través de nuestras manos, de nuestras palabras y acciones. Es a lo que Dios llama, y por eso se requiere valor.
Pidamos al Señor que envíe su Espíritu Santo y nos dé un corazón generoso para responder.



